
Tráfico terrible, sonidos insistentes de bocinas y un centenar de lisuras que volaban armoniosamente en el aire, pero llegué a Miraflores y cómo no compensar ese pesado trayecto con un churro, un churro de crema pastelera, un churro calientito, delicioso y crocantito, un churro de Manolo. Ya con el churro en mi poder, empiezo a evocar imágenes de mi niñez y es que no sé por qué viene a mí esa relación de churros, parques, juegos, globos de colores, niños sonriendo. Entonces, pienso, el churro es alegría; por lo tanto, quién dejaría pasar la oportunidad de darse un gusto alegre y delicioso y más aún si es de Manolo...Nadie(respondo anticipadamente). Además, me di cuenta de algo impresionante e ineludible, el churro en sí tiene poder, porque mientras caminaba por las calles veía caras envidiosas, ávidas por un poco de ese incomparable manjar y porque (yo sabía muy dentro de mí) que reconocían que era de Manolo.
Y por qué tanta insistencia con Manolo, es que sus churros son únicos, incomparables, divinidades terrenales; además, de la variedad de sabores: crema pastelera, chocolate y el clásico de manjar blanco. Por ello, si estás por Miraflores, exactamente en la Av. Larco 608, no hay excusa para no ir a probarlos.



